La Palabra del Señor nos muestra que existe un arrepentimiento falso y otro verdadero. En Hebreos 12:17 encontramos las siguientes palabras: “no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque lo procuró con lágrimas»; esta ha sido una frase que ha puesto a pensar a muchas personas.
Quiero comenzar mostrándoles lo que es el falso arrepentimiento.
Para esto es necesario que primero repasemos parte de la historia
bíblica. La Biblia nos habla de tres patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob;
de éstos descienden las doce tribus de Israel. Abraham es a quien se lo
considera como el padre de la fe, pues Dios lo llamó para hacer de él y
su descendencia su pueblo. Él tuvo a su vez un hijo llamado Isaac
quien, como la mayoría lo sabe, el Señor lo pidió como sacrificio para
probar el corazón de su padre Abraham, aunque al final lo detuvo (Génesis 22).
En todas estas historias hay grandes tesoros, pero la que nos interesa
para entender el “falso arrepentimiento” es la historia de los hijos de
Isaac: los mellizos Esaú y Jacob.
Esaú era el mayor y Jacob el menor. Por
ser Esaú el mayor (el primogénito), era el heredero de la bendición de
su Padre. ¿Qué significa esto? Significa que Esaú sería el líder de la
familia, el patriarca sucesor, y por sobre todo el sacerdote del culto a
Dios. También heredaría una porción doble de riquezas (Deuteronomio 21:17; Éxodo 4:22).
La historia es clara: el libro de
Génesis capítulo 25 versos 27 en adelante cuenta que Esaú era un diestro
cazador, hombre fuerte de apariencia muy varonil, que comía de lo que
cazaba, era el amado y el favorito de su padre. Un día al llegar del
campo muy cansado tenía mucha hambre y encontrando a su hermano menor
Jacob haciendo un guisado se lo pidió y su hermano se lo dio pero antes
de dárselo le propuso un trato diciéndole: “te lo cambio por tu primogenitura, véndemelo por este plato de comida» (Génesis 25:31).
Esaú accedió a este trato (vender la bendición de su padre). De esta
forma menospreció esto que era tan valioso y sublime pues lo estaba
cambiando por un simple plato de comida;
negoció el derecho a ser el padre de una nación, el líder de la familia y
sacerdote de la casa. Algunos al leer el texto bíblico podrían decir, “pero si él no comía podría haber muerto”;
déjenme decirles que esta bendición del Señor era tan valiosa que es
mejor morir teniéndola que vivir un día habiéndola vendido. Además, la
bendición del Señor traía consigo una promesa y Él jamás permitiría que
esto no se cumpliese, por eso se afirma que Esaú profanó su herencia
pues tuvo en poco algo tan sagrado, no tuvo fe en el Dios de sus Padres;
confió más para su supervivencia en un plato de comida. Por esto, al
leer el libro de Hebreos en el capítulo 12 verso 16, dice: “no sea hallado entre ustedes algún fornicario, o profano, como Esaú que por una comida vendió su primogenitura”.
La historia termina así: tiempo después,
no de buena forma, Jacob se las arregla para hacer cumplir el trato que
hizo con su hermano. A raíz de esto Esaú estalla en furia y su hermano
debió huir. Esaú queda destrozado por su pérdida y en llanto arrepentido
anhela recuperar lo que perdió pero ya no hubo lugar para su
arrepentimiento. Podríamos decir, ¿pero por qué ésto, si se arrepintió?
La respuesta es que este supuesto arrepentimiento es un claro ejemplo de
un “falso arrepentimiento”: no fue
sincero, ésto se debe a que él no estaba arrepentido por haber pecado
contra Dios, por no haber confiado en Él, por abaratar y denigrar su
herencia, deshonrar su bendición, sino más bien él estaba arrepentido
por las consecuencias de su actuar, es por esto que el arrepentimiento
de Esaú es falso.
Los teólogos han llamado a esto “arrepentimiento por atrición”
pues es el simple remordimiento o dolor causado por el temor al castigo
o a enfrentar las consecuencias de nuestros actos. No hace falta ser un
creyente para experimentar este vano arrepentimiento. Les doy un
ejemplo: Esto es lo que le ocurriría a un joven sin Dios
que se ha embriagado en una noche de locura, ha consumido drogas y
luego ha manejado en este estado su automóvil provocando un grave
accidente; luego, despertándose de un coma tras varias semanas después,
se ve a sí mismo y ve que le faltan las piernas y un brazo, en ese
momento lo invade el horror y se arrepiente de lo que ha hecho, pero no
porque sus hechos son una afrenta contra Señor sino más bien porque su
error le ha costado caro. Créanme: no hace falta ser creyente para esto,
solo hace falta amarse mucho.
“Cualquier padre ha comprobado la atrición en un hijo cuando lo descubre con las manos en la masa. El niño temiendo la paliza, grita: “Lo siento, ¡por favor no me pegues!”. Estas plegarias con algunas lagrimas de cocodrilo no suelen ser signos de un arrepiento genuino por haber actuado mal. Fue el tipo de arrepentimiento que exhibió Esaú. Se lamentó, no por haber pecado, sino por haber perdido su primogenitura”. (1)
El comentario de J, F y B dice acerca de
Esaú: “derramó lagrimas, no por el pecado, sino por el sufrimiento de
la pena del pecado”. (2)
Por esto ya no hubo restitución para
Esaú, ya no hubo perdón; pues su arrepentimiento no venía de Dios sino
de un alma que estaba pagando consecuencias.
En cambio, existe otro tipo de
arrepentimiento, uno puro, santo, genuino, provocado por la esencia
misma de Dios. Este arrepentimiento es el que produce el Espíritu Santo (2 Timoteo 2:25).
Si bien existe un dolor y pesar por las consecuencias de nuestros
actos, este dolor no es la causa principal que nos lleva a
arrepentirnos, es el ver lo terrible que son nuestros actos perversos
ante los ojos de un Dios Santo. El Salmo 51
es el claro ejemplo de un hombre que lo experimenta al ver que ha
ofendido a Dios. A esto también se lo llama arrepentimiento por “contrición”,
pues es el lamento por el pecado y no solo por las consecuencias del
pecado, de tal forma que el que lo experimenta está incluso dispuesto a
llevar las consecuencias de sus errores toda la vida pues lo más
importante es que el Señor lo perdone.
Cuando somos rescatados por el Señor
este arrepentimiento no viene solo; viene acompañado de la fe, ambos
vienen juntos, no se los puede separar, es como acudir al llamado del
mismo Señor Jesús cuando iba de lugar en lugar diciendo: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado, arrepiéntanse y crean en el evangelio”. (Marcos 1:15)
Este arrepentimiento se engendra a la
sombra de la cruz; sin él no hay salvación. Cuando el Espíritu Santo
produce este arrepentimiento no hay espacio para excusas, no hay
autojustificaciones y no se osa transferir la culpa a otros; es una
rendición total, es postrarse y clamar: “Señor perdóname por lo que te he echo».
Junto con la fe y este verdadero arrepentimiento vienen el deseo de
restituir lo que hemos destruido (si eso fuere posible) y también una
profunda necesidad de dejar atrás lo que éramos y cambiar el rumbo de
nuestras vidas.
Jesús ilustra esto en la parábola del
Fariseo y el Publicano en Lucas capítulo 18 verso 13, cuando el
Publicano, siendo un hombre de mala vida, se acerca tan arrepentido que
ni siquiera se atrevía a alzar los ojos al cielo y estando lejos del
lugar de oración por causa de la vergüenza se golpeaba el pecho y decía:
“Señor ten compasión de mí, perdóname, pues soy un pecador”.
Este no fue el arrepentimiento de Esaú, pero sí fue el arrepentimiento de la mujer que lloró a los pies de Jesús (Lucas 7:36-50); fue lo que vivió Zaqueo cuando fue encontrado por el Señor en un árbol (Lucas 19); Pablo en el camino a Damasco (Hechos 9);
y uno de los Ladrones crucificados junto a Jesús: éste estando a punto
de morir, sabiendo que estaba pagando una justa condena, dice al Señor “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino», (Lucas 23:41-42). Todos ellos y muchos otros sí experimentaron un arrepentimiento agradable ante los ojos del Señor.
El Señor nos promete en su palabra que
cuando le ofrecemos un arrepentimiento en verdadera contrición el nos
perdona y restaura su comunión con nosotros (1 Juan 1:9).
Acerquémonos siempre al Señor de esta manera, no solo buscando la
reparación de nuestros errores o por el dolor de las consecuencias.
La meditación constante en el evangelio
nos mantendrá sensibles ante el pecado y lo desagradable que éste es
ante los ojos de Dios (2 Corintios 7:9-10). No viviremos vidas perfectas, pero sí en constante arrepentimiento y santificación.
Oremos juntos en base a una porción del salmo 51:
Señor renuévanos constantemente, haznos cada vez más sensibles al pecado, vé si hay en nosotros caminos de perversidad, y guíanos en tus caminos. Sabemos, Señor, que lo agradable ante tus ojos es el corazón contrito y humillado, queremos desarrollar en nosotros más y más esa clase de corazón. Mantennos siempre viviendo en el verdadero arrepentimiento; solo Tú puedes hacerlo. Amén.

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