Sofonías 3: 17 “El Señor tu Dios está en medio de ti, guerrero victorioso; se gozará en ti con alegría, en su amor guardará silencio, se regocijará por ti con cantos de júbilo.”
Se cuenta la historia de la comparecencia en un concierto del brillante pianista y compositor polaco Ignace Jan Paderewski. El evento tuvo lugar en un gran pabellón musical americano, donde los artistas dedicarían sus presentaciones a la elite social de la ciudad.
Entre la audiencia que esperaba el inicio del concierto, se encontraba una mujer y su pequeño hijo. Luego de permanecer sentados más tiempo de lo que su paciencia permitía, el jovenzuelo se escabulló lejos de su madre. Estaba fascinado con el hermoso piano Steinway, a la espera de la interpretación, y se dirigió hacia él. Antes que alguien pudiera percatarse, avanzó a rastras y se subió a la banqueta del mismo, para tocar una ronda de su propia inspiración y utilizando un dedo de cada mano.
Los espectadores se horrorizaron. ¿Qué podría pensar el gran Paderewski? Rápidamente, los murmullos se tornaron en rugidos de desaprobación. La multitud demandaba que el chico fuese removido inmediatamente.
Estando en el camerino, Paderewski escuchó el altercado, y discerniendo la causa, se apresuró a unirse al muchacho en el piano. Le alcanzó desde sus espaldas e improvisó su propia melodía que contrarrestaba la de su jóven húesped. Mientras proseguía el dúo improvisado, el maestro susurró a oídos al chico: “Continúa. No claudiques, hijo…no te detengas”.
Tal vez no toquemos nunca al lado de un pianista experto, pero cada día en nuestras vidas podemos formar un duo con el Maestro. ¡Que gozo es sentir Su amor que nos envuelve, mientras El susurra, “Continúa… no te detengas… Yo estoy contigo”.

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